Ramón Santos Lantigua

Santo Domingo, (EFE).- Miles de dominicanos presenciaron este domingo en el malecón de la capital el Desfile Nacional de Carnaval, un recorrido de varias horas por la burlesca creatividad popular reflejada en múltiples disfraces, colorido y replicar de tambores que aglutinan los carnavales de las diferentes regiones del país.

La tradicional manifestación, desinhibida y extravagante, se desplazó en medio de amenazas de lluvia que -felizmente- no hizo de protagonista entre tanto bullicio y efervescencia para escoger, desde lo sincretismo hasta lo político.

Tampoco asustó a la gente el hecho de que ya han sido detectados cinco casos de coronavirus en el país, dos de ellos extranjeros y tres dominicanos, los cinco procedentes de Italia, Francia y España.

“Vengo al desfile todos los años con mi familia y algunos amigos; no iba a perdérmelo por eso de ese virus. Claro, en mi casa no tenemos síntomas y esperamos en Dios que esto no se de tan fuerte como en otras partes”, afirmó a Efe Rolando Pimentel, quien dijo residir en el capitalino barrio de Villa Juana.

Comparsas infaltables como el “Roba la gallina”, “Califé” o “La muerte en yipe”, volvieron a causar las risas y el aplauso gracias a sus singulares bailes o montajes.

Las carrozas, aunque en menor medida, también llamaron la atención con trajes estrambóticos, donde sobresalían plumas y adornos de variados materiales y diseño.

La sonrisa de la gente decía que la estaban pasando bien, mirando y aplaudiendo a las más ingeniosas comparsas y los tradicionales diablos cojuelos de carnavales como el de La Vega (norte) y los cachúas de Neiba (suroeste) armados con sus foetes que agitaban sin parar mientras caminaban.

No solo dominicanos se dieron cita en el malecón: varios puñados de turistas extranjeros fueron vistos moviendo o intentando mover las caderas a ritmo de merengue y de los omnipresentes redoblantes.

Los sonidos ensordecedores también “contagiaron” a los ministros, de Cultura, Eduardo Selman, y de la Mujer, Janet Camilo, quienes dieron sus “pasitos” de baile desde el palco preferencial que compartieron con invitados y miembros del jurado del desfile.

“Esto me gusta mucho, por eso traje mi silla (plegable) para sentarme cuando me canse”, dijo a Efe Magdalena, una joven trigueña de amplia sonrisa.

Mientras el desfile avanzaba, decenas de niños y adolescentes ajenos al derroche de fantasía que discurría a pocos metros se dedicaban a disfrutar de bicicletas, patines o a volar chichigüas (papalotes) en el cercano parque Eugenio María de Hostos.

Una noria, ubicada en una plaza justo frente al parque, era demandada constantemente por una incansable población infantil que también correteaba bajo el cuidado de los mayores.

La noche empezaba a caer sobre el malecón y aún decenas de comparsas continuaban su marcha, como la de un grupo de jovencitas ataviadas con los colores patrios que parecía “destruirían” sus cinturas en cualquier momento.

Una vez más salían a flote el entusiasmo y la alegría que caracterizan a los dominicanos y, como diría la joven Magdalena, “este es el mejor carnaval del mundo”.EFE

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