Por Tony Raful

(A mi amigo, Franklin Rancier)

“No es morir, así, sencillamente morir/ Es haber estado firme dos minutos antes de la muerte/ sin pensar en echar hacia atrás, sin derrumbarse/ como un espantapájaros de trapo a las primeras ráfagas/
No fue simplemente morir. / ¡Fue dar la cara para siempre! ”.

(René del Risco Bermúdez)

¿De dónde venían estos muchachos veinteañeros que osaron desafiar el terror y la contrainsurgencia de los años pos revolución de abril? ¿De qué pasta humana provenían su arrojo, su heroísmo, su decisión de defender sus vidas con honor? ¿Qué ideal más calcinante cubrió sus cortas vidas e impulsó el proyecto de una nueva aurora social e histórica de redención para los oprimidos?

Abrazarse a un ideal, creer firmemente que nada los haría claudicar ante el asedio. Quedarse solos en el firmamento político nacional, cuando los chismes y pesares del exterior los aislaron, les cortaron la comunicación con su proyecto caamañista, cuando todos les huían y la maledicencia pretendía desautorizarlos, ese sufrir doble, acosados por el enemigo histórico y calumniados por los intrigantes, la duda tejida sobre su integridad, la sospecha infundada de los que prejuzgaron, todo aquel aquelarre de infamias que fue desmentida aquel 12 de enero de 1972, con la propia sangre generosa y limpia de su caída en combate con “estrellas en la frente”, sin haberse corrompido jamás ni doblegarse.

El plan del adversario era liquidar de cuajo toda resistencia al proyecto de dominación continental que instauró dictaduras sangrientas en el continente y elecciones fraudulentas.

América del Sur, el Caribe y Centroamérica, sufrieron los más indecibles campos de torturas y crímenes solamente comparados con la Alemania Nazi.

Amaury y sus compañeros parecían diminutos y débiles, pero tenían una fortaleza inmensa de propósitos e ideas relucientes, parecían liliputienses y eran gigantes. Buscaban el compromiso histórico.

Procuraban la llama de abril, cuando la Patria exhibió sus mejores galas patrióticas frente al invasor foráneo. Estaban cada vez más aislados.

Necesitaban demostrar su lealtad a los ideales primigenios, cometieron errores que el enemigo aprovechó para bloquearlos. Ninguno de ellos tenía fincas, ni lujosas residencias, ni aspiraban a vivir del trabajo ajeno. Ninguno consumía estupefacientes ni traficaba con los vicios malditos de este tiempo.

Un día temprano de la adolescencia me encontré con Amaury German cuando pasaba por el frente del negocio de mis padres, en una de las arterias principales de la ciudad pequeña.

Recuerdo que llevaba un libro voluminoso, le pregunté y me dijo que se llamaba, “Las Uvas y el Viento” de Pablo Neruda.

Lo tomé en mis manos y leí algunos versos. Me dijo, “quédate con él y me lo devuelves”. Neruda era uno de mis poetas favoritos.

Aunque parezca incorpóreo y volátil, espero volver a ver a Amaury algún día en otra esfera traslúcida, bajo un fluir de energías puras y en otro vergel, para devolverle por fin, agradecido, el libro de Neruda, que a él me une, que no pude devolver, y que a él le pertenece.”,

Tony Raful

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