Sao Paulo,  (EFE).- Las calles de la ciudad brasileña de Sao Paulo temblaron este jueves al ritmo del grupo ruso feminista Pussy Riot que, con su música punk y su discurso enardecido, llenaron su concierto de protestas a favor de la libertad de expresión y contra la represión artística.

El conjunto logró lo prometido y “cantó, bailó y se rebeló” durante su concierto en Sao Paulo en el marco del festival Verano sin Censura, realizado por la Alcaldía de la ciudad y que ha acogido obras censuradas, entre ellas algunas vetadas por el Gobierno del presidente Jair Bolsonaro.

Durante el espectáculo, el joven público espetó varios gritos en contra del líder de la ultraderecha brasileña, elegido por el grupo para ser el protagonista de su póster de difusión del evento.

Pues para promover su concierto en Brasil, Pussy Riot publicó esta semana en sus redes sociales un cartel ilustrado con la figura del presidente Bolsonaro, adornado con barriles de productos tóxicos y radiactivos, además de calaveras, peces muertos y chimeneas expeliendo humo y basura.

“Me siento orgullosa de participar en ese festival contra la censura. En nuestro país, (la censura) es uno de los principales problemas y aquí he escuchado que se han censurado a algunos artistas … Es importante que nos unamos y colaboremos con aquello que defendemos”, aseguró Maria “Masha” Alyokhina, una de las fundadoras de Pussy Riot, en una entrevista con Efe.

Con sus rostros cubiertos con sus habituales pasamontañas de vivos colores, los integrantes de Pussy Riot fueron acompañados en su recital en la mayor ciudad del gigante sudamericano por la cantante y activista brasileña Linn da Quebrada, conocida por usar su música como herramienta para romper paradigmas sexistas y defender los derechos LGTBI+.

El grupo ruso feminista fue fundado por la activista Nadya Tolokónnikova en marzo de 2011, cuando organizó actuaciones provocativas no autorizadas de punk rock guerrilla en lugares públicos inusuales, que luego se convirtieron en videos musicales y dieron la vuelta al mundo.

El colectivo, con sede en Moscú, ganó popularidad después de que tres de sus integrantes fueron condenadas por protestar contra la elección de Vladimir Putin como presidente de Rusia en 2012.

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