Madrid, (EFE).- Alfred Hitchcock dijo una vez “no hagas películas con niños, ni con perros”, pero Disney ha decidido llevarle la contraria reabriendo el debate sobre la presencia o no de animales con la nueva adaptación de “La Dama y el Vagabundo” que tendrá perros de verdad, a diferencia de la historia de Simba y Nala en el “Rey León”, que es digital.

Desde hace muchas décadas el cine, primero, y de manera más reciente la televisión y la publicidad han utilizado las habilidades de los animales reales para vender sus historias, pero detrás de las luces y las cámaras no siempre se dibuja un panorama tan feliz.

El trato recibido durante los rodajes no siempre es elogiable y, de hecho, las asociaciones en defensa de los animales ya hace tiempo que vienen mostrando sus quejas e interponiendo denuncias cuando hay trato vejatorio.

En Estados Unidos, la asociación “People for the Ethical Treatment of Animals (PETA) (Personas por el Trato Ético a los Animales) denuncia desde 1980 casos de maltrato animal, incluso muertes, en el cine y la televisión en películas tan conocidas y taquilleras como “La puerta del cielo” (1980), “La vida de Pi” (2012), “Zooloco” (2011), “Apocalypse Now” (1979) o “El Hobbit” (2012).

En España, la ONG Amnistía Animal en 2002 y la Plataforma Estrategia Animalista en 2013 denunciaron, respectivamente, la cruenta muerte de novillos y toros de lidia en las películas “Hable con ella” (2002), de Pedro

de Pedro Almodóvar, y “Blancanieves” (2012), de Pablo Berger.

A ésta última, en noviembre de 2014 el Tribunal Superior de Justicia de Madrid obligó a la Comunidad de Madrid a abrir un expediente sancionador por la muerte de nueve novillos durante el rodaje de la película.

“Es uno de los casos más importantes que hemos ganado porque fue muy difícil que se aplicara la ley, para nosotros estaba claro que había un incumplimiento flagrante de la normativa”, explica en declaraciones a EFE Arantxa Sánz, abogaba de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Madrid.

Ahora mismo, en España, el uso de animales en cine y televisión está permitido, siempre y cuando se cumplan unos estándares que garanticen un bienestar mínimo para los animales.

Laura Duarte, portavoz del partido PACMA, denuncia que “más allá de la presencia de un veterinario en el rodaje no hay ningún tipo de control sobre cuántos animales hay, el número de horas que ruedan, qué hacen exactamente, en qué situaciones se les mantiene o cómo han sido entrenados”.

El mejor ejemplo de que la tecnología permite simular acciones reales y que se puede aprender de “los errores del pasado”, lo encarna “Ben-Hur”. En la película original de 1959 se utilizaron unos 2.500 caballos y murieron cerca de un centenar. En la versión de 2016 las mismas escenas se recrearon por ordenador.

Por ello, el avance las nuevas tecnologías como son los efectos especiales o las imágenes en 3D permiten simular acciones sin que peligre la vida del animal, siempre y cuando el presupuesto lo permita. La factoría Disney ya lo hizo con la versión de “El libro de la selva” y lo ha vuelto a hacer recientemente con “El rey León”.

Con el paso de los años se ha profesionalizado la presencia animal en la gran o pequeña pantalla: las empresas especializadas son las primeras interesadas en que los animales sean bien tratados cuando son utilizados.

“Entrenamos animales para que estén acostumbrados al cine”, cuenta Augusto Peralta, gerente de la productora de animales Fauna y Acción, quien explica que para poder trabajar con animales hay que “acostumbrarlos desde pequeños, siempre mirando por su bienestar”, premiándoles con comida, “nunca maltratándoles”.

Como todo actor o actriz de cine y televisión, los animales también tienen un guión y unas pautas de rodaje. Peralta explica que para que actúen se tienen que ganar la confianza de los animales.

“Desde pequeños los movemos, los sacamos, los llevamos a platós, los ponemos delante de una cámara, para que cuando sean adultos todas estas situaciones ya las hayan vivido y no tengan miedo”, añade Peralta.

Unos y otros, los defensores de los animales y las empresas que los adiestran, tienen su cuota de razón pero de todos depende el evitar que los animales se conviertan en el “último mono” de la película. EFE 

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